La prensa dice

20 feb
2009

Hambre, dinero y felicidad, por Peio H. Riaño

Juan es muy poquita cosa. Y la calle demasiado grande y tumultuosa. «Juan no lo sabe pero la verdad es que lo que él quisiera, callejear libremente, ser amo de la calle, es tan difícil como ser amo del mundo».

No hay más en todo el mundo que lo que cabe en aquella calle; toda la confusión, los peores enemigos, los peligros más evidentes. Juan es Juan Belmonte (1892-1962), fundador del toreo moderno. Quien le pone voz es Manuel Chaves Nogales (1897-1944), una de las principales firmas del periodismo español en los años treinta, autor de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (1937), donde denunció la barbarie de ambos bandos durante la Guerra Civil.

«Niña, saca el jamón, que viene Belmonte», le decía Chaves a su mujer las tardes que se reunía con el torero en su casa, en la Cuesta de San Vicente, de Madrid, para descubrir al periodista los secretos de su historia. Chaves Nogales había conocido las impresiones de Belmonte en un reportaje que el diario Ahora estaba preparando, en el que se preguntaba a lectores y personalidades: «¿Recuerda usted cómo era la vida en España en los principios de siglo?». Al parecer, los apuntes que dio el matador sobre la desaparición de un modo de ser típicamente castizo llamaron poderosamente la atención de Chaves, que vio en el personaje algo más. La preocupación literaria del periodista rescató a un triunfador de sus privilegios, para preguntarle de dónde venía y escribir sobre la tensión política y social que se vivía en España en aquellos años.

Mientras ellos se reunían por las tardes, el Gobierno de la Segunda República estaba contra la pared, por la falta de entendimiento entre los españoles y por la radicalización de las posturas de las izquierdas y las derechas. La tensión se vivió en las elecciones de febrero de 1936, desdeñadas por la rebelión franquista, el final de la experiencia republicana y la guerra.

Mucho más que toros.

La vida de Juan Belmonte fue a ojos de Manuel Chaves Nogales la vida del hombre que se hizo a sí mismo. Lo que menos interesó a Chaves Nogales fue su vida de torero. En la biografía Juan Belmonte, matador de toros (que ahora recupera Libros del Asteroide, 74 años después), el mundo taurino es un contexto, la base de los colores, en la que guiar al protagonista por el hambre, el dinero y la felicidad, como las tres partes esenciales de su vida. Una concepción de novela clásica -planteamiento, nudo y desenlace-, aplicado a una biografía.

Así quedó impresa en las páginas de la revista Estampa, en 25 capítulos, publicados entre junio y diciembre de 1935. Gracias a la vida de Belmonte podía contar lo que él mismo pensaba sobre los acontecimientos que sonaban a revolución social. No era la primera vez que lo hacía: el año anterior había escrito El maestro Juan Martínez que estaba allí, una novela en la que a partir de la notable figura del bailaor flamenco, relató la Revolución Rusa de 1917, aprovechando largas conversaciones con él, en las que éste le contaba cómo vivió los acontecimientos. En ambos casos, triunfadores que hablan de una época.

«Yo había invertido en tierras y ganadería el dinero que gané toreando. Era lo que se llama «un señorito terrateniente». Es decir, el hombre contra quien se iniciaba en España una revolución», escribe Nogales, en palabras de Belmonte, sobre los sucesos que se le venían encima en 1935. El periodista recoge la técnica que Josep Pla utilizó al biografiar al escultor Manolo Hugué, en el libro Vida de Manolo (Libros del Asteroide, también), cuando los dos se juntaron para charlar sobre los temas más vulgares, los pensamientos más altos, lo que fuera para dibujar el retrato del artista.

Y en primera persona, escrita por otro. Así que Chaves Nogales hace hablar a su entrevistado, para que le cuente cómo su nacimiento en una familia tomada por la miseria y la pobreza, deriva con los años en una amenaza contra sus propiedades, en nombre de la igualdad social. Juan habla por mano de Manuel, y dice que la angustiosa necesidad de afirmar su personalidad fue la obsesión de su juventud. Que su lucha fue tratar de superar su inseguridad, su timidez y una convicción íntima que tenía de que no sería nunca capaz de triunfar en el toreo. Esta falta de fe era lo que más le dolía, porque mientras él insistía con sus sueños, en su casa crecía el triste espectáculo de la pobreza y la miseria. Y la presión por creer no hacer nada por sacar adelante a su prole. Le necesitaban para traer el pan y las pesetas no llegaban.

«Yo veía con claridad el daño que hacía a mi gente con aquella afición a los toros», cuenta.

Pero el triunfo llegaría a golpe de insistencia y cicatrices. Humilde y tozudo, Juan Belmonte, hijo de quincallero, queda grabado en estas páginas como un torero de trenes, no de furgonetas y apartados privados. Un tipo de la calle, lejos de la altanería, torerillo de sangre brava, con unas cuantas cornadas encima. lucha libre Era el elemento perfecto para los intereses del periodista, por lo que subyace a la noticia, por un personaje que ha luchado contra todo y se ha procurado un destino a su medida.

Un hombre que ha llevado a buen puerto la única revolución posible, la de uno mismo, y que ha alcanzado el reconocimiento de sus coetáneos. El propio Valle-Inclán le espetó en una de las reuniones con intelectuales a las que Belmonte acudía: «¡Juanito, no te hace falta más que morir en la plaza!». «Se hará lo que se pueda, don Ramón», con una contestación a la altura de las circunstancias. Manuel Chaves Nogales demostró en estos escritos y otros reportajes, que los grandes acontecimientos se pueden contar desde otro lado, y que, además, deben que estar bien escritos y ser amenos. Para ello, primero, el periodista conquistó la plena confianza de su fuente, que no escatimó en detalles. Ni con las tragedias de fatales consecuencias en su vida. Como cuando Belmonte dice que en 1915 estuvo «un poco chiflado». Reconoce que entonces estaba muy obsesionado por la lectura, «leía mucho, sin orden ni concierto», tratando de digerir todo lo que le caía en las manos. «Aquella literatura me enervaba».

«Llegué a estar tan sugestionado por las lucubraciones literarias, que terminé pensando en suicidarme [...] Tenía en la mesilla de noche una pistola, y muchas veces la cogía, jugueteaba con ella y la acariciaba, dando por hecho que de un momento a otro iba a disparármela en la sien. Terminando guardando la pistola y diciéndome en son de reproche: «¿Para qué haces todas esas pantomimas si eres un cobarde, si no te vas a matar? ¡Si no es verdad que quieras suicidarte!», 47 años después con- firmó su valor. El estímulo con el que aquel pequeño Juan, de la sevillana calle Ancha de la Feria, superó a su propio destino fue el miedo. Primero, miedo a la pobreza, luego miedo a la muerte y, cuando ya lo tenía todo, miedo a la felicidad. Aquel niño no lo sabía, pero callejear libremente, fue tan difícil como ser amo del mundo.

Público