La prensa dice

23 ene
2010

Espacios abiertos, por Rodrigo Fresán

El término «ángulo de reposo» sale de la jerga de los mineros y define la inclinación ideal para deshacerse de las rocas que no sirven y molestan para seguir trabajando. No es fácil encontrar ese punto: si el ángulo es demasiado agudo es muy probable que acabe provocando una avalancha. Aclarado esto, cabe añadir que no sobra ni una de las muchas páginas de ángulo de reposo -para muchos la obra maestra de Stegner, ganadora del Pulitzer en 1972-, y que, alcanzada la última de ellas, el lector se siente felizmente avasallado, sí, pero respirando mejor que nunca el más puro de los aires.

Esta sensación en la lectura nada cuesta atribuírsela a Wallace Stegner durante la escritura de cualquiera de sus veintiocho libros. Y Stegner (Iowa, 1903-New México, 1993) se inscribe en la saludable tradición norteamericana de los narradores de los espacios abiertos. Aquella que arranca con Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau, James Fenimore Cooper y Twain, entronca con Hemingway, Steinbeck y Norman Maclean y llega hasta nuestros días de la mano de Rick Bass, David James Duncan, David Guterson, Jim Harrison, Cormac McCarthy y Peter Matthiessen (el mismo Stegner fue profesor de «exploradores» como Thomas McGuane, Robert Stone, Larry McMurtry, Ken Kesey y Raymond Carver). Tradición que tiene una particular preocupación y necesidad por poner en su justo sitio a hombres pequeños enfrentándose a la inmensidad del paisaje que los acorrala y, finalmente, los redime.

Entre dos épocas. El hombre pequeño aquí es el historiador y docente inválido y retirado Lyman Ward quien -divorciado y habiendo perdido casi todo contacto con su hijo sociólogo y su hija hippie- decide, antes de «petrificarse» definitivamente, matar el tiempo investigando la historia de sus abuelos: un ingeniero de minas y una escritora/ilustradora con sueños de grandeza. Y Ward comienza a sentirse más vivo que nunca rastreando la saga de esa pareja que deja atrás las comodidades de la aristocrática costa este de mediados del XIX (guiños a Henry James y Edith Wharton) para reinventarse en la California de un oeste todavía salvaje y lejano.

Así, ángulo de reposo se mueve entre dos épocas (la turbulenta placidez de la jubilación y el movimiento perpetuo del viaje) nutriéndose en parte de la correspondencia de la ilustradora norteamericana Mary Hallock Foote. El uso de este material ajeno, le valió a Stegner alguna apresurada acusación de plagio y, otra vez, cierto desprecio de parte de sus colegas.

Geografía de la esperanza. Se sabe que The New York Times ni siquiera reseñó esta novela (la mencionó con motivo del Pulitzer, escribiendo mal el nombre del autor) y que, a lo largo de su galardonada carrera, Stegner fue amado por sus lectores, admirado por sus actividades de ecologista y poco considerado por cierta intelligentzia que lo tildaba de «regional», «anticuado» y «demasiado optimista». Y es verdad: Stegner -anticomunista, crítico con la Nueva Izquierda y despreciador de contraculturas- vivía lejos de Manhattan («Gradualmente me fui acercando al horizonte y por fin desaparecí», ironizaba), no fue dado a experimentos formales, y creyó y escribió sobre la dignidad del ser humano y su capacidad para sobreponerse a sus defectos. Lo que, aclarémoslo, no hace de Stegner un autor ligero.

Y, para comprenderlo, basta con recordar la profunda e íntima melancolía que marca esa otra maravilla que es En lugar seguro (también publicada por Libros del Asteroide, que reincidirá con la igual de magnífica The Spectator Bird, ganadora del National Book Award en 1977 y otra vez ignorada por The New York Times). O, de nuevo aquí, disfrutar con la manera en que Stegner reexplora y reinventa -con el mismo lirismo que Cheever redescubrió los barrios residenciales- los lugares comunes del Far West. Ese sitio al que consideraba «reaccionario y culpable de crímenes inexplicables contra la tierra» pero, a la vez, como «la geografía de la esperanza: la última oportunidad del Nuevo Mundo de ser algo mejor de lo que es». Los amigos de Stegner no dudaban en afirmar que «Wallace tiene el aspecto que debería tener Dios». No deja de ser -por más que lo haya motivado el cariño- un comentario un tanto exagerado. Por lo que, más cauto, apenas me limitaré a decir que ángulo de reposo está escrita como los dioses. No leerla es uno de esos pecados imperdonables porque -como comprende Lyman Ward al final de su viaje- «sólo los muy afortunados dan con la piedra angular». Buena suerte: aquí está.

ABCD