La prensa dice

2 mar
2009

Belmonte, el torero ilustrado, por Antón Castro

No es exacto decir que Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944) sea un olvidado. Ha sido glosado y reivindicado por autores tan diferentes como César González-Ruano, Félix de Azúa, Javier Marías y Andrés Trapiello. O por el zaragozano Ignacio Martínez de Pisón, que lo ha incorporado con dos textos a los relatos de la antología ’Partes de guerra’ (RBA, 2009). Desde hace algunos años, se suele decir que su biografía ’Juan Belmonte, matador de toros’ (1935), que rescata ahora Libros del Asteroide, 17 años después de la reedición de Alianza Editorial, es una de las mejores que se han escrito en las letras españolas en todo el siglo XX. Ese libro nació de una sugerente experiencia: Chaves Nogales era un formidable reportero, hijo de periodista, y en los años 30 quiso realizar para ’Ahora’ un conjunto de textos que arrancaban de esta pregunta: "¿Recuerda usted cómo era la vida en España en los principios de siglo?".

Una de las celebridades a las que consultó fue al gran matador Juan Belmonte (1892-1962), un hombre que se había hecho a sí mismo, y se quedó hechizado por la riqueza pintoresca de sus recuerdos. Manuel Chaves Nogales publicó a lo largo de 25 entregas, entre junio y diciembre de 1935, en ’Estampa’, el fruto de sus conversaciones, el recuento de un sinfín de experiencias, en las que Belmonte, en primera persona, narraba su vida. Su vida, sus pensamientos, sus zozobras, y contaba, como si fuera un pícaro o superviviente del hambre, del miedo y de la muerte, una auténtica novela de la realidad, una falsa autobiografía, un texto brillante que posee hondura, rasgos de ficción, ritmo, un texto que rezuma modernidad. La pieza, de poderosa escritura, es una confesión, es una biografía novelada, sin duda, y es un autorretrato donde conviven el periodismo y la penetración psicológica propia de la novela.

El libro es pródigo en anécdotas, en detalles chocantes, en revelaciones, pero Chaves huye de lo sensacional y de lo episódico, y construye un poderoso friso de vida y de humanidad.

Manuel Chaves Nogales, que aspiró la fragancia de las prensas y las linotipias desde que tenía catorce años, dijo que su oficio consistía en "andar y contar la vida". Entre él y Belmonte se produjo ese milagro químico de la comunicación y la confianza. Y así, el periodista y novelista adoptó la voz del matador. Belmonte cuenta la hambruna familiar, la diversa y miserable suerte de sus hermanos, evoca a su padre quincallero, y cuenta cómo, desoyendo los ruegos familiares, se fue inclinando hacia las capeas y jugándose la vida a la luz de la luna en el campo. Dentro de esa existencia rebosante de patetismo, en la que ni siquiera resalta su valor taurino, siempre controvertido por otra parte, cobra especial importancia su amigo Calderón, que es como el hombre que siempre le estimula, que cree en él, que le empuja y le busca corridas. La narración, digna de la mejor picaresca, insiste en la forja de un destino ante un sinfín de adversidades.

Llanto por Joselito el Gallo

Nadie confiaba en exceso en él. Viajaba de tren en tren, y anduvo de aquí para allá, zascandileando, para convertirse en matador. Antes de tomar la alternativa de torero, vivió una importante pasión con una mujer casada, a la que le dedica hermosas y románticas páginas, y luego triunfó ya en Valencia y Sevilla. Poco después, este lector voraz sería saludado en las tertulias de grandes personajes como Sebastián Miranda, Pérez de Ayala, Julio Antonio, Romero de Torres o Ramón M. del Valle-Inclán. Este, cuando empezaron a llegar sus primeros éxitos de novillero, le dijo: "Juanito, no te hace falta más que morir en la plaza". Belmonte respondió con humor: "Se hará lo que se pueda". Encauzado hacia el triunfo, pasó por distintos períodos: en 1915 sintió la tentación de suicidarse y tenía una pistola encima de la mesilla de noche, vivió una rivalidad dura con Joselito el Gallo, a quien le tenía un enorme cariño y respeto, y cuando le dijeron que lo había matado un toro, en 1920, no se lo podía creer. "Lloré como no he llorado nunca en la vida, dice.

Antes ya había escrito: "El Juan Belmonte de aquel tiempo era una creación mítica de sus paisanos". Participó en giras, se casó en México, eludió y asumió la fama como pudo, con entereza y dignidad, y ganó mucho dinero que le sirvió para mejorar la situación de sus hermanos y para adquirir un cortijo con parrales, ’La Capitana’, con el que pudo cumplir un viejo sueño: convertirse en ganadero. Cuando llegó la II República, padeció en carne propia la revuelta y las amenazas contra sus propiedades, que tenían algo de rasgo decisivo en la construcción de su personalidad: eran la modesta ostentación de alguien que se había hecho a sí mismo, que quiso callejear, montar a caballo y huir del pánico a la muerte.

En 1962, 18 años después de la muerte de Manuel Chaves Nogales en Londres en 1944 a consecuencia de una peritonitis, se suicidó de un disparo de pistola, probablemente herido de angustia por un amor tardío, otro "avasallador enamoramiento". Pero esa es otra historia.

Heraldo de Aragón